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Cuéntame una de aztecas

Ayer fui invitado para dar una plática acerca de la Ciudad de México. Soy malísimo para dar pláticas, me trabo, repito mucho la palabra "este" y sobre todo no puedo dejar de ver a las muchachas guapas que tengo enfrente, lo que me causa remordimiento de conciencia y me distrae (es cierto).

Pero ese no es el punto: resulta que para no llegar con el cerebro vacío, tres horas antes de dar la plática saqué mis libros de referencia, mi carpeta de recortes, me hice una taza de café y en dos hojas blancas traté de hacer un guión sobre el cual irme. No resultó, en parte porque muchos de los libros hablan de la Ciudad de México como si fueran un montón de edificios que se crearon solitos, lo cual me dio una flojera tremenda (y al final mi conferencia se convirtió en una amena plática... y sí, para mi suerte había muchachas guapas).

¿Por qué los historiadores tienen que ser aburridos? Los niños en las escuelas aprenderían más si se les contara todo de manera amena, aunque se tuviera que adornar un poco la historia. Por ejemplo:

"Los aztecas se llamaban aztecas porque nacieron en un lugar llamado Aztlán (si no, hubieran sido acapulqueños, por ejemplo). Había otros pueblos que vivían en Aztlán, pero por alguna razón se fueron de ahí antes que ellos. Los aztecas la pasaron bien a gusto ahí, hasta que un día su dios -que tenía un brazo alado como de pajarito- les dijo que tenían que buscar un águila parada en un nopal. Al principio los aztecas no quisieron moverse, pero al final decidieron darle gusto a su dios y caminar hasta encontrarla.

De entrada no encontraron nada (en parte porque los nopales tienen muchas espinas y en parte porque las águilas no tienen a qué pararse ahí) y recorrieron muchos kilómetros de cerros, valles, bosques y pantanos hasta que llegaron al Valle de México. Apenas se estaban acomodando cuando otro pueblo que llegó primero -los de Azcapotzalco- los agarró de criados. Los aztecas pasaron mucho tiempo ahí, limpiándole los pies a los azcapotzalquenses hasta que se cansaron y se separaron.

Pero resultó que el Valle de México tenía un lago enorme en medio, y cuando los aztecas buscaron un terrenito alrededor dónde quedarse no encontraron nada de nada. Las tierras mejor ubicadas ya estaban ocupadas ¿adivinen por quien? pues por los otros pueblos de Aztlán que salieron antes de ellos. Moraleja uno: no seas flojo que te pueden ganar tu terrenito.

Total que el único lugar que estaba vacío... era el propio lago. ¡Y cómo no iba a estar vacío, si era pura agua con yerbas y sapos! pero resultó que uno de los aztecas llamado Pipilitzin (aquí se puede inventar un nombre cualquiera, nadie lo va a comprobar) se fijó que en medio del lago había un nopal y arriba del nopal, un águila.

Al ver que el tremendo pajarraco era la señal que estaban buscando, los aztecas quisieron espantarlo para que se fuera a otro lado, porque donde estuviera el águila tenían que fundar su ciudad. Pero como todos sabemos, no quiso moverse y para su desgracia tuvieron que hacer su ciudad arriba del agua. Pipilitzin se ganó el odio de sus compañeros porque por su culpa tuvieron que inventar la manera de poner casas sobre el lago. Moraleja dos: es mejor hacerte tonto algunas veces para no trabajar el doble."

Creo que ese es un buen empiezo para un libro de texto ¿no?.

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