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Al desierto se viaja con corbata por Marcos Winocur

Introducción

Un cuento trata de un viajero que muerto de sed atraviesa el desierto, cuando a lo lejos divisa a otra persona, corre, la interpela por agua, pagará lo que sea y ella, por toda respuesta, le ofrece corbatas en venta. ¿Corbatas en el desierto? ¿Para qué las querría? -se dice el viajero perplejo mientras el otro se aleja.

La escena se repite dos veces más con nuevos vendedores de corbatas. El viajero, ya desesperado, ve a lo lejos las palmeras de un oasis. No, no es un espejismo, con sus últimas fuerzas llega y advierte que está fuertemente custodiado. Déjenme pasar, ruega a los guardianes, pagaré lo que sea. Y el que parece el jefe contesta:

-No trae corbata puesta, no puede pasar.

El viajero muere.

Ninguno de los vendedores le había informado sobre el carácter absolutamente necesario de la corbata en el desierto, sólo ella podía haberle salvado la vida. Por lo demás, la creencia del viajero viene programada según esta ecuación: agua en el desierto = mercancía. Y ésta se compra y se vende, para eso existe. Sin dinero, pues, no hay agua, se entiende bien. Pero ¿sin corbata...?

Es que la ecuación ha cambiado, quedando así: agua en el desierto = corbata.

De modo que, en lugar de dinero, corbata. Ahora bien, el viajero dio con el lugar donde estaba el agua, un oasis, le faltó la corbata. Suena absurdo, pero ¡es así! La ahora percibida como nueva realidad dicta esa curiosa ley del desierto, en lugar de dinero, corbata, ésta le fue ofrecida en venta sin que la comprara. Y bien, corbata = mercancía es una ecuación que se mantiene. En realidad, la corbata se compra con dinero como siempre, y el desierto le adjudica un valor agregado: salvoconducto para acceder al agua.

¿La corbata desmiente las convicciones, desmiente la lógica, inamovibles hasta entonces? ¡Peor para las convicciones y la lógica! El desierto manda, decide cómo se accede al agua, dicta su propia ley.

El cuento va a la universidad y se titula de epistemólogo

Y bien, cambiamos ahora el decorado, pero, ya verán, sin abandonar desierto, oasis y corbata. Mudamos a otro escenario, el más vasto posible, llevando el cuento al ámbito de la naturaleza física.

Y les diré la razón de este giro. Hay una doble identidad en el nuevo escenario. El desierto es el desierto y además representa al universo como expresión que en la Tierra más se le parece. Dos disputas, una con el mar y otra con los cielos, que también eran candidatos a representar al universo, fueron resueltas a favor del desierto: no es surcado por barcos ni por aviones, los lentos camellos de siempre, mar y cielos se han empequeñecido, el desierto sigue siendo esa interminable llanura de arena y viento donde las distancias no se han acortado. Es, sin duda, lo terrenal que más se parece al universo, es así como el desierto ha sido nombrado su representante en la Tierra.

Y bien, ya podemos hablar con más soltura de ambos. El viajero no murió por un capricho, sino en virtud de una ley del desierto, que él ignoraba. Por otro lado, la naturaleza física nos dice que la luz se basta a sí misma para recorrer los espacios, no necesita de nada que la sostenga. Esto era ignorado a fines del siglo XIX por los viajeros que, telescopios al ojo, se internaban en las arenas del cosmos. Y decían: la luz, que sin cesar nos llega de las estrellas, se propaga por los espacios gracias al soporte que le presta un éter universal. Y no se concebía que la luz pudiera viajar desde tan remotas distancias sin esa suerte de vías férreas.

En estos virtuales viajeros del espacio no peligraban sus vidas, pudieron cómodamente rectificar el error desde los telescopios.

Pero veamos el caso más de cerca. Los vendedores de corbatas toman el rol de los experimentos en la ciencia física. Ponen en evidencia una sorprendente nueva circunstancia: así como en el desierto se ofrecen corbatas en venta, la luz se propaga en el vacío sin requerir de soporte alguno. Ambos son datos que la realidad impone a quienes la transitan, sea un viajero, sean los hombres de ciencia. Y a continuación, se cede la palabra a la teoría, que organiza los datos recibidos, a saber: las corbatas -devela la guardia del oasis- son absolutamente necesarias para obtener agua en el desierto; la luz -devela la teoría de la relatividad- se propaga de por sí, el éter resulta absolutamente... innecesario. La realidad ha sido subvertida, puesta de cabeza, una nueva lectura del entorno se ha impuesto. En ese sentido -dirá el epistemólogo Popper- las teorías padecen de intrínseca falsedad: existen para ser con el tiempo desmentidas.

Ningún experimento dio cuenta del éter, en su búsqueda se obtuvo incluso el efecto contrario: quedó en entredicho su existencia misma como ocurrió al verificarse la constancia de la velocidad de la luz en el vacío. ¿Cómo, el éter no venía a frenarla? No, puesto que, siendo de presencia universal y uniforme -se argumentaba en su defensa- no se está midiendo la velocidad de la luz en el vacío, sino en el éter, que le sirve de soporte. A esta altura del debate, surge una llamarada: ¡el éter es indistinguible del vacío! Es decir, el éter conserva su carácter de hipótesis plausible pero del todo inútil, a la cual la ciencia y la epistemología le aplican la navaja que el filósofo empirista Occam pidió prestada a Mamacita Naturaleza: la navaja que corta allí donde encuentra lo superfluo.

Conclusiones

¿La luz viaja por los espacios sin necesidad de otro sostén que no sea ella misma? "Credo quia absurdum", decía Tertuliano. "Creo porque es absurdo", aquí reaparece la fe con distinto objeto: fe en la empiria, en la percepción experimental de los hechos físicos, en el procesamiento de datos, el hombre los constata reservándose un as en la mano: también la percepción de los hechos, como la teoría que ella inspira, son hijos de lo provisorio. Verdaderos en tanto son. Falsos en tanto no serán.

En fin, la guardia del oasis ha surgido en el desierto para ejecutar el último acto donde el protagonista de la obra es el infeliz viajero. Como la ciencia y su aliada filosófica, la epistemología, la guardia del oasis es inmisericorde. Tal cual aquéllas liquidan el asunto éter, la guardia del oasis deja morir al viajero ante las vedadas puertas del agua. Y la luz, festejada por el ojo que la ve, navega indiferente por el negro que la retiene y por el blanco que la devuelve. Como cualquier otro objeto físico dotado de masa, esto es, capacidad de interacción gravitatoria, viaja en el vacío por sus pistolas.

Las ideas, cárceles de larga duración, decía el historiador Fernand Braudel. Pero un día se rompen las rejas, las viejas ideas dejan de aprisionar el cerebro, y de las nuevas se apropia la generación joven. Toca una relectura del entorno, Mamacita Naturaleza se complace a condición de no plantearle indiscretamente por qué las cosas son así.

¿Puede inferirse una fórmula, una ecuación para la navegante de los espacios? Claro que sí, es la siguiente: fuente de luz + vacío = propagación de la luz.

Al desierto se viaja con corbata. Al cosmos se viaja sin éter. No se vaya a confundir y tras la escafandra lleve puesta una preciosa corbata roja digna de las cámaras de televisión, mientras se pregunta qué lo sostiene, si las dunas, el camello o el éter.

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