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Cuánto ayuda la palabra por Julio Woscoboinik

De las virtudes terapéuticas del hablar y del escribir tenemos sobradas pruebas...
Desde aquel diario íntimo de adolescente que guardabamos como amigo-fiel, hasta la "cura por la palabra" como fuese definido el tratamiento psicoanalítico.
Y en este sentido valga esta anécdota verdadera:
"Facilidad de palabra"
Se trata de un inmigrante judío que había llegado a la Argentina desde la lejana Rusia, escapando de las persecuciones, de los pogroms, de las guerras y de la miseria. Venía con las tripas vacías, pero con la cabeza llena de ideales socialistas. No creía en Dios, pero creía en la Justicia.
Después de trabajar duro por los campos de las colonias judías santafecinas, llegó a la ciudad de Córdoba. Alli se reunió con otros inmigrantes y fundarón una Biblioteca. Alli se comentaban las noticias del mundo, los problemas de la gente, y se organizaban múltiples actividades culturales. Un conjunto de teatro, una escuela de idisch, leían y comentaban libros. Invitaban destacados oradores de Buenos Aires y del mundo. Estaba muy contento con su institución, que se había constituido para él en su segundo hogar.
Pero... sólo había un problema: la ‘facilidad de palabra’. Envidiaba a los compañeros que -según decía- tenían esa virtud para hablar. Se sentía por esto disminuído y desvalorizado. Su timidez lo bloqueaba y no podía opinar en público o en reuniones numerosas. Prepraba en su casa un papel con las ideas que el podría exponer. Pero una y otra vez volvía con el papel en su bolsillo...

Por un largo rato, se lo podía ver ensimismado, rumiando su autodesprecio. Triste y deprimido.
Hasta que un día se decidió a escribir sobre este padecimiento. Y también sus recuerdos de infancia en la pequeña aldea rusa. Los miedos y el dolor por las persecuciones. La dura historia de su familia y su desarraigo...
Y recién entonces se pudo reconciliar consigo mismo.


Y otra historia verídica y más reciente:

Se trata de un ex-combatiente de Las Malvinas. Vivía torturado con la imagen de un joven soldado inglés a quien, muy de cerca, muy a la vista, hubo de matar con su ametralladora. Ese rostro quedó congelado en su retina.Y lo siguió mirando... desde sus últimos estertores. Los ojos sin odio pero llenos de espanto lo perseguían en sueños y en pesadillas. Tan acusadores que, a veces se acompañaban del llanto de una madre, de su madre. Del rostro de su hermano, o de su propio rostro, en el rostro mismo de aquel desconocido joven soldado inglés.
Esa mirada lo acosaba hasta en los momentos mas íntimos de su vida. Él que nunca había matado ni una gallina...
Los distintos tratamientos no habían logrado, en muchos años, alejar esa imagen del espanto, esa alucinante tortura, ese insomnio feroz.
Hasta que un día, una psicóloga le sugiere que escriba una carta a ese soldado... que le cuente todo lo que siente y sufre por él... Al principio, incrédulo, se resistió. Al fin, en la soledad de un atardecer, sentado en la humilde cocina de su casa lo hizo. Y para su sorpresa, fue el mejor remedio.
En la extraordinaria película The Pillow book -Escrito en el cuerpo- de Peter Greenaway se puede escuchar y leer desde un ‘libro de cabecera’ oriental- diario íntimo- del año 996: "Escribir es sencillo pero que precioso es: si no existiera la escritura que terribles depresiones sentiríamos".

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