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Me basta con que estés por Amida Castro

El valor llegó con calma, sin fuerza, sin drama, sin dolor. El coraje llegó con el rostro descubierto, sin exigencias, sin pretensiones.

El tiempo estaba de su lado y sus manos lo sabían. Por eso, limpió con cuidado y cariño la navaja. La había comprado esa misma mañana. La escogió con esmero, como se elige el vestido de novia, como se arregla la cuna para el bebé, como se adorna la mesa en cena de Noche Buena.

Esmero... tenía tanto tiempo que no hacía nada con esmero. Siempre se sentía correr, siempre la exigencia por delante jalándola, y por detrás empujando sus ánimos. Entre jaloneos y empujones ella trataba de respirar. Un minuto, dame un minuto... Pedía los minutos como quien pide agua en el desierto, como quien añora luz en la oscuridad: con ira y con súplica, con sed y ansiedad.

Pero he aquí que estaba absorta limpiando la navaja con esmero. Sabía dónde y cómo hacer el corte: a lo largo de las venas, de forma oblicua. Así, si alguien la descubriera, sería más difícil suturar la herida, habría menos posibilidades de salvación.

Sonrío... vamos, nadie va a salvarte, se dijo. Estás sola y nadie va a llegar sin avisar, y nadie va a sorprenderse mañana que no aparezcas, y nadie va a notar tu ausencia. De modo que haz el corte como mejor te plazca, hoy es día para complacerte.

Pero el destino, afecto como es a la improvisación, rompió el silencio fúnebre y la concentración de la mano, con el chillido agudo del teléfono. El ruido provocó un tropiezo e hizo del primer corte apenas un rasguño.

Era Ricardo, llamaba de Tepic. Estaba sacado de onda, contento y nervioso. Voy a ser papá, le dijo. ¿Vas a ser papá? ¿En serio? Y la imagen del rostro de Ricardo la invadió. Sus ojos enormes y su sonrisa de niño se clavaron en su mente con la profundidad de una espada. Ricardo va a ser papá. Eso es casi como decir que yo voy a ser tía, se dijo. Voy a ser tía.

Hablaron un rato. Ricardo preguntó cómo estás. Estoy mal, dijo ella. Estoy mal. Y Ricardo, más impaciente por sí mismo que por cualquier otra cosa, respondió: por ahora me basta con que estés. Y se soltó a contarle cosas que quizá no tenía para qué contarle pero que tenía que contarle a alguien: su novia, sus padres, sus planes, su hijo, su inquietud.

Creo que no debería echarte tanto rollo, dijo finalmente Ricardo. Noto que no estás de humor para hablar. No, no... está bien, dime lo que quieras que estoy aquí y escucho. Si no he dicho mucho es porque no tengo mucho que decir. ¿Puedes creerlo? Yo que siempre he tenido demasiado que decir hoy me he quedado sin palabras.

Cuando colgó el teléfono notó que la mano aún sostenía la navaja. En la punta quedaban restos de sangre, poca sangre, aunque suficiente para opacar la brillantez del filo. Se dirigió al baño y otra vez, con esmero e infinito cariño, limpió la navaja, la guardó en su estuche y la colocó en el cajón del buró que está del lado izquierdo de su cama.

La muerte puede esperar, no tiene prisa, pensó para sí. ¿Y la vida? ¿La vida tiene prisa? Tampoco, se respondió mirándose al espejo, y quiero estar presente para recibirla.

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